miércoles, 28 de noviembre de 2012

Swissrock's photostream

Bona nit,
hoy os dejo un par de fotillos de un fotógrafo que encontré por interné con el sobrenombre de Swissrock.
Fotografía gentes y lugares durante su andadura por el mundo

Templo en Chiang Mai


Desierto de Dubai


Campo en Tailandia




Fuente: http://flickeflu.com/photos/swissrunner


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   Y también una sesión de fotos por Venecia:


Venice Session 2012: http://flickeflu.com/set/72157629089365404



Creo que no violo ningún derecho de autor.
Espero que no.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Partidillo en las alturas


Volví a subir sobre las 6 y algo de la mañana a lo más alto de la colmena en la que vivo. Los vecinos soñaron con mis zapateos aquella noche. Llevaba conmigo una caja sin abrir de cereales de chocolate, de esos redondos que tanto me gustan para pasar el rato. Los puedes hacer rodar, hacer caer, conducirlos cuesta abajo por desafiantes y atrevidos caminos… Aquella mañana se los podía chutar. Mi objetivo era robar pelotas, salvar balones y avanzar imparable hacia el área… Aquella caja de cartón me convirtió en un futbolista de primerísima división.

Yo era el único jugador activo del equipo local en toda la cancha. Me sobraba: era imparable. Sorteando cables y regateando antenas mientras avanzaba como un perro desembocado por el campo, y cuando llegaba al área y encajaba una de las pequeñas bolitas en la gigante portería, el público desde sus ventanas y balcones enloquecía gritando mi nombre y aplaudiendo mis regates y demás florituras futbolísticas. Mis pies bailaban como querían el charlestón. Nunca, en mi vida había jugado así.

Una a una fui colando cada una de las bolas en todas las porterías que improvisaba a mi paso. En cada rincón, una bola de chocolate. Estaba cegado, obsesionado, sólo veía huecos vacíos. Mi frenético juego no tenía límite, tampoco tenía fondo aquella caja de cereales. Cada vez chutaba más fuerte y con mala hostia las infladas bolitas de trigo, cada vez corría más rápido entre los jugadores del equipo contrario, casi ni se me veía. Y golazo tras golazo, la calle se fue inundando de dulce granizo chocolateado.

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Se acababa el segundo tiempo. Ganábamos por goleada, ciento y tantos a cero, pero nuestras ganas de ganar eran desproporcionadas y desenfrenadas. No teníamos ningún sentido de la deportividad ni conocíamos la victoria digna. No nos daba ninguna pena el perdedor. Ni una pizquita de lástima. Era ganar por derrotar. Éramos los nuevos e imparables bersekers del balón.

Sólo la última bola podía poner en duda nuestra victoria plena. Todo o nada. Ganar o perder. Siempre la última bola es la más difícil de encajar con el último segundo pisándote los talones. Arriesgué mi vida por meter aquella bola en la lejana portería, lo juro. Corrí hasta el último centímetro de tejado y chuté con una fuerza sobrehumana la bola, que fue volando y cayendo a la calle ganando velocidad hasta convertirse en un imperceptible puntito casi imaginario.

Cuando íbamos a dar la bola por perdida, dos segundos antes de perder el juicio, justo un segundo antes de de que sonara el silbato se escuchó una voz que venía desde la calle, cuatro pisos más abajo…   ‘¡Guarros de mierda! ¡Hijos de puta!¡Qué asco de barrio!’...Me asomé al vacío con el corazón en un puño para ver de dónde venía aquella voz…

…y goooool!! Genial remate de cabeza y consecuente golazo a nuestro favor de mi nuevo compañero perfecto! Qué oportuno, qué cabezazo más técnico! Sólo un calvo podría sentir el liviano caer de un cereal en su liso, liso coco!



El fútbol ni me gusta...
...ni me conviene.
(Parra)